"Bienvenido Invierno!"

17 marzo 2013

EL VALLE VALANDRINOS

Alguien, anónimo, que nos fastidia pues nos gustaría saber quién es, ha dejado en el Apartado de "APEROS DE LABRANZA":, el siguiente comentario:

 “Qué noche tan bonita he pasado leyendo vuestra página y recordando los tiempos de la cosecha a lomo de bestias y hombres endurecidos por la naturaleza y el trabajo! Contad el tema de las mulas muertas y el valle de Valandrino  con los buitres en plena digestión. ENHORABUENA Y CONTAD...CONTAD LO QUE ERAN TIEMPOS, NO DE CRISIS, COMO AHORA, SINO PE PENURIA Y HOMBRES SOBREHUMANOS QUE, ADEMÁS, HAN VIVIDO MUCHOS HASTA CASI LA CENTENA" 

No solemos hacer caso a los anónimos que mandan y no contestamos  ninguno, pues queremos, cuando hay que dar una respuesta o hacer alguna aclaración, saber a quién tenemos que dirigirnos.

Pero esta vez me ha gustado el comentario, pues ha despertado en mí cantidad de recuerdos de aquellos años, ya ciertamente lejanos, pues retrocedemos a la década de 1950-1960. Efectivamente, tiempos duros, que, como decía el poeta, eran buenos “para hacerse los cuerpos de acero, para hacerse de oro las almas” y quizás por eso muchos de los que vivieron aquellos tiempos gozan todavía de una longevidad y una salud envidiables.


El Valle de Valandrino. Es probable que deba su nombre a los numerosos andrinos que hubiera en el mismo: Valle de los andrinos - Valleandrinos - Valandrino. Pudiera ser así ¿no?.  De cualquier manera hoy en día es una hermosura auténtica darse un paseo por este valle hasta las eras: los pinos que hay en su ladera derecha son, sin lugar a dudas, los más bonitos del pueblo; la tranquilidad y la paz de las que se puede disfrutar no tienen precio; y si hay alguien que aún no haya oído el silencio, que se dé ese paseo y podrá oírlo.

Pues sí, en ese valle se tiraban los machos, mulas y burros muertos, salvo que diera tiempo a sacrificarlos allí mismo. De esto se encargaba el señor Vicente (Alejo Moro de apellidos y Pellejero de apodo, dicho este último con todo cariño). Esta familia, procedente de Villalón de Campos, se afincó definitivamente en Espinosa y aquí falleció y está enterrado el señor Vicente.


Íbamos los niños, cuando podíamos, a presenciar estas "hazañas" y nos poníamos sentaditos a media ladera y desde allí seguíamos las distintas secuencias.
Recuerdo, pero con una claridad meridiana, una mañana, serían las doce y media o la una, cuando llegamos unos cuantos niños, ocho o nueve años, a esa media ladera, al mismo tiempo que el señor Vicente llegaba también al valle con una mula, a mí me pareció muy grande, muy vieja y completamente blanca. La colocó en medio de una tierra, abajo en el valle, y de una tajo certero la cortó la yugular. (Este nombrecito lo conocí más tarde, cuando tuve unos cuantos años más).

El animal se desangraba en cuestión de segundos, pocos, comenzando a tambalearse y cayendo pesadamente en la tierra. 
Pasó un buen rato, para mí largo, aunque después pensé que sería lo suficiente para que el señor Vicente considerara que el animal estaba completamente muerto. A continuación y con una maestría que nos dejaba boquiabiertos, despellejó, quitó el pellejo al animal, (sería por eso el apodo) y tranquilamente se dirigió andando hacia la carretera e imagino que hacia su casa.

Pero para nosotros todavía quedaba faena y aún teníamos que aguantar allí donde nos encontrábamos a la espera de lo que más alucinados nos dejaba.

No entendíamos, y aún hoy yo tengo mis dudas, cómo era posible que los buitres, que tenían sus nidos por Santo Domingo de Silos, se enteraran tan pronto de que en ese valle iban a disponer de comida. ¿Volaban a mucha altura y la agudeza de su vista les permitía ver el alimento antes de olerlo? ¿Disponían de una memoria genética que les recordaba que sus antepasados habían encontrado alimento en ese valle y quizás por ello la vigilancia sobre el mismo era casi continua? No lo sé.
De cualquier manera sí se que no había pasado mucho tiempo cuando empezamos a ver en el cielo esas enormes siluetas, que planeando, veíamos que se iban acercando cada vez más hacia los restos del animal. Si hoy, cada vez que los veo cerca, me siguen impresionando estos animales, por su tamaño y por la envergadura de sus alas, no os quiero decir cómo nos impresionaban al verles con los ojos de niños de 8 o 9 años.

Cuando al final “aterrizaban” cerca del animal y se acercaban a él, el festín que se daban era impresionante y con una rapidez, cuyo recuerdo todavía hoy me impresiona, quedaba el animal reducido a un montón de huesos. Fueron varias las veces que contemplamos escenas como la anteriormente descrita, y en todas ellas el señor Vicente repetía el mismo ritual: tajazo en la yugular, despellejar al animal, vuelta a su casa y los críos a seguir esperando hasta que nuevamente las siluetas de esos enormes animales volvían a aparecer en el cielo y se repetía la lucha entre ellos por conseguir el mejor bocado.

Espero, anónimo, (me gustaría poder poner tu nombre en lugar de anónimo) que lo escrito haya hecho aflorar en tu memoria otros tantos recuerdos como los que tú has conseguido despertar en mi. En el apartado RECUERDOS DE LA INFANCIA, iremos tocando otros temas, que hay muchos, sobre aquellos años.


Aniano Arnaiz


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